Confieso que vi el debate de los precandidatos panistas a la presidencia de la república. Sé que los minutos que dediqué a ver sus discursos hablan muy mal de mí. Tantas cosas que podía haber hecho, y yo con la computadora prendida viendo sonrisas tiesas, palabras gastadas y promesas. Concursos de lealtad, incompetencia vuelta orgullo, la vacuidad congelada en mueca. Tal vez escribo este artículo para no sentirme tan culpable de haber perdido sesenta minutos de mi vida.
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